Ver la calle. Ese acto rutinario puede encender la chispa de una nueva mirada que le encuentre el detalle escondido a la acera, al chatarrero y a la media luz. Oscar Sullón (Catacaos, Piura- 1977) muestra en su obra esos detalles descarriados de una ciudad que lo esperan a uno a la vuelta de todas las esquinas.
Sus cuadros son sensibilidad, inocencia, espera. Tal vez una mirada precoz que todo lo ve y todo lo sabe. Un caleidoscopio de fusiones, etnias, colores, intemporalidad descrita en líneas simples y colores de fiesta que probablemente son el reflejo de la infancia reciente, viva, nunca muerta.
Camina paralelamente en un mundo propio, lleno de crítica social: a la injusticia, al hambre, al hombre común sin razón, pero al mismo tiempo refleja paz.
Su arte, seducido por la ciudad poética, urbana y caótica, apela a los elementos más comunes y cotidianos, vistos desde su ojo travieso y sensitivo. Nos deja ver con nostalgia aquellos símbolos convertidos en juego: postes que crecen en baldes o grifos de agua simultáneos y dinámicos.
No es un discurso, es una evidencia de pasión estruendosa de colores de fuego que contagian y llenan el ambiente de alegría y espíritu virtuoso. Es una representación actual y auténtica del arte de nuestros días con líneas como de caricatura que juegan a ser figuras en la calle. Refleja a una sociedad desordenada pero de manera honesta y sencilla, con formas expresivas que lo hacen atractivo y lúdico, con colores encendidos en un ambiente en penumbra.
Aporta una sensibilidad social sobrecogedora que nos conmueve pero que no nos entristece, por el contrario su arte tiende a llenarnos de emoción. Su temática cotidiana y actual no genera problemas de interpretación, por el contrario plantea un camino armónico de contrastes suaves y formas divertidas mediante una composición natural y espontánea que ayuda al lector de la obra y facilita su comprensión, le permite auto indagarse en su interioridad, bordear el territorio de la emoción como voluntad expresiva y esencial plasmada a través de la imagen poética de la realidad alterada, transformada y modificada.
Encuentra el equilibrio en la repetición y el mensaje marcando un ritmo constante y a veces creciente dado con el color (tres amigos solitarios en una banca por la noche, sillas musicales, grifos de agua en serie de colores y diseños, balcones, casas, latas de leche, ángeles o demonios).
Musicalidad, identidad, un código sencillo de entender, lleno de ilusión. El reflejo de un niño de gran corazón o un hombre con alma de niño. (Gabriella Delgado). |